JavaScript

jueves, 14 de noviembre de 2013

HISTORIAS DE UN VIEJO VETERINARIO. RECORDANDO A MI PADRE.



HISTORIAS DE UN VIEJO VETERINARIO. RECORDANDO A MI PADRE.
Por LUIS ALONSO HERNÁNDEZ.Veterinario y escritor.
D. Félix Alonso Tórres fue un veterinario militar nacido en el año 1910 en Viñegra de Moraña (Ávila) quien por tener que ayudar económicamente a sus padres, dejó lo castrense para, tras convertirse en Veterinario Titular, ejercer su profesión con grandes conocimientos, profesionalidad, y moralidad en distintos pueblos de las provincias de Salamanca, Toledo y Ávila.
Salvo su etapa en la provincia de Toledo, concretamente en el municipio de El Torrico, pueblo de unos 2.000 habitantes allá por la década de los 50, siempre su actividad profesional se desarrolló en partidos veterinarios con anejos, denominación con que se conocían a los municipios más pequeños  componentes de su partido veterinario.
En aquellas épocas `predominaba el ganado vacuno de labor, los típicos bueyes de trabajo, y el ganado equino en sus tres variedades de especies: caballar, asnal y mular como maquinaria animal a utilizar en las labores de cultivo de las tierras cuando  España era eminentemente agrícola y comenzaba a emerger la ganadería.
El Veterinario Titular del pueblo ejercía a su vez las labores de Inspector Municipal Veterinario, teniendo bajo su control tanto la sanidad animal como la derivada de los productos animales, vegetales y del pescado que una vez por semana llegaba al pueblo.
Sus clientes eran los ganaderos  quienes llegaban a un acuerdo pecuniario con él que quedaba reflejado en un contrato impreso sobre una cartulina que a su vez poseía unos cupones donde se especificaba el mes y el año que el veterinario cortaba y entregaba a su igualado cuando había satisfecho la cantidad estipulada bien en forma de dinero o en productos del campo, generalmente trigo que era la producción cereal más importante del pueblo.
La mayoría de los ganaderos igualaban todos los animales que constaban en la Cartilla Ganadera que la Dirección de Ganadería había establecido como obligatoria y cuya tramitación se llevaba a efecto por parte del Secretario del Ayuntamiento y del Veterinario. No obstante algunos ganaderos, no igualaban todos los animales con la finalidad de ahorrarse unas pesetas y como la picaresca española se ha dado de siempre, también intervenía en estos igualatorios de tal manera que siempre era el animal igualado el que se ponía enfermo. 
El veterinario perfeccionó la Cartulina del contrato reflejando la edad, capa y particularidades de los animales igualados, si bien  a los ganaderos pobres hacia la vista gorda e incluso en ocasiones no les cobraba. Ellos correspondían regalándole una carga de leña para la lumbre o un serón de sandías y melones. 
El veterinario sabía perfectamente el número de animales que cada ganadero poseía, pues algunos denunciaban a sus vecinos cuando iban a pagar la iguala por aquello de la envidia tan propia de los pueblos.
Algunos ganaderos no se igualaban y trataban a sus animales por su cuenta si bien no podían acudir a atención veterinaria ajena puesto que el partido veterinario por ley era un partido cerrado lo que significaba que no podía ejercer ningún veterinario aparte del titular del pueblo..Cuando finalmente requerían los servicios del veterinario, éste les aplicaba las tarifas vigentes que en aquellos tiempos venían a representar la mitad de la iguala anual.
Cuando estuvo de veterinario en otros partidos siempre tuvo anejos. En ocasiones hasta 7 anejos distantes hasta veinte kilómetros del pueblo cabecera. A ellos acudía tres veces por semana en un recorrido para realizar las inspecciones protocolarias, expedir las Guías de Origen y Sanidad para los animales que iban a los mercados regionales y en la época de Matanzas Domiciliarias de Cerdos para recoger las muestras que posteriormente analizaría en su casa.
Tenía trabajo, pero también tenia tiempo para acudir, cuando el sol caía, al bar del pueblo a jugar a las cartas o al dominó en lo era un verdadero experto.
En El Torrico vivió bien, pero como las necesidades económicas iban en aumento y por otro lado disminuyó el laboreo del campo en cuestión de cultivo a base de animales, hubo de buscar otros municipios donde la actividad principal fuera distinta a la cuestión igualas, como eran; los animales de engorde en vacuno y las matanzas domiciliarias de cerdos.
Yo viví mi niñez en este pueblo y recuerdo los baños en el río Tajo, tanto en nuestro término como a su paso por El Puente del Arzobispo. Mis correrías por los campos de olivos en busca de los nidos de tórtolas. La alimentación y cuidado de los tortolitos hasta que se hacían volanderos y les dábamos libertad y de ese Rollo de Justicia que data del siglo XVII que estaba ocupando casi el centro de la plaza principal del pueblo, subido en sus tres escalones de piedra frente a un Ayuntamiento moderno y funcional dotado de su Sala Capitular que veía desde el exterior subido a una de las ventanas tras apoyar los pies  en el dintel de la pared.
También de los viajes a Talavera de la Reina a donde mis padres nos llevaban en esa especie de camioneta que nos recogía en el cruce con la carretera de Valdeverdeja perteneciente a la Empresa Casas de El Puente del Arzobispo.
Allí aprendí mis primeras letras y estudié los primeros cursos de Bachillerato dirigido por ese gran maestro que fue D. Víctor Calvo Estrada, el practicante y maestro que estaba casado con la hermana del Señor cura D. Juan  Díaz Fidalgo.
Aprendí a montar en bicicleta por el camino de  La Chorrera. Era una bicicleta de carreras que mi padre tenía en el sobrado y de marca Peugeot.
Cuando mi padre cambió de destino, en los otros pueblos, ya estaba estudiando en Madrid la carrera de Veterinaria. Durante las vacaciones  aprendía de mi padre la práctica de la profesión y a este respecto les contaré una anécdota curiosa donde se refleja, en parte, la socarronería de mi progenitor, a pesar e ser un hombre bastante serio y con malas pulgas cuando se enfadaba.
Era Navidad. Yo estaba a punto de acabar la carrera de Veterinario. Me había desplazado al pueblo para pasar las Fiestas con mis padres.
Una noche a eso de 23,00 horas una llamada telefónica emitida por un ganadero de uno de los anejos de La Horcajada (Avila).
- Don Félix, Soy fulano. Le llamó porque tengo una vaca que no puede parir.
- ¿Desde cuando está de parto?
- Desde esta mediodía.
- ¡Pero hombre! y ¿esperas a estas horas para avisar?
-  Pues sí…Esperando y esperando a ver si paría y ahora tengo miedo a que se muera la vaca. 
-  Bueno. Ahora voy para allá. ¿Nieva mucho por ahí? 
-  Bueno, mucho no, pero si están cayendo copos y está todo cubierto de nieve.
- Me llevará mi hijo en el coche y tardaremos un rato (el pueblo estaba a 20 kilómetros de la Horcajada y la carretera cubierta de nieve).
Cuando llegamos salieron a recibirnos al oír el ruido del coche.
- Pasen y siéntense un rato a la lumbre para que entren en calor.
Mi padre tras calentarse un poco las manos que estaban ateridas dijo:
- Vamos a ver como viene ese ternero.
Nos encaminamos a la cuadra. Mi padre se quitó la pelliza, se remangó las mangas de la camisa, metió mano en la vagina de la vaca y dijo:
- Viene bien lo que pasa es que se han paralizado los movimientos de dilatación. Esperaremos un rato para que comiencen los dolores de dilatación que la he provocado y si no pare, le sacaremos el feto a la fuerza.
Nos sentamos nuevamente a la lumbre en espera de acontecimientos.
Los ganaderos así como dos vecinos más que habían acudido al acontecimiento, se traían un cachondeíto bastante exultante.¿Con que... D. Félix en un momento pare? ¿Está usted seguro?
Yo veía que por momentos mi padre se iba a cabrear.
Los ganaderos siguieron con su cachondeo y ahora comenzaban a imitar los berridos de un ternero. ¡Ya seguro que ha salido! ¿Vamos a verle D. Félix?
Mi padre se olió la tostada como después en el coche me dijo.
Cuando mi padre calculó que ya había pasado el tiempo de espera dijo:
- Bueno vamos para allá que ya debe estar asomando el ternero.
Cuando llegamos a la cuadra el hocico del ternero asomaba fuera de la vulva. Mi padre posicionó al feto y éste salió de inmediato.
La  exclamación de los ganaderos fue:
- Joder resulta que si había ternero dentro.
En ese momento mi padre preguntó:
- Ah. Habiais dudado de ello ¿A esovenía ese cachondeo que os traíais en la cocina?
- Pues mire usted D. Félix. Es que poco después de llamarle, la vaca parió y como había tardado tanto en parir pues pensamos, mi hermano y yo, que era bueno que echara usted una exploración a la vaca por ver si tenía algún daño por dentro.
- Bien hombre, Bien  Pero con la nochecita que está nos podías haber evitado el viaje. Gracias a que me ha traído mi hijo que si vengo solo no sé si hubiera llegado
- Cuando usted metió mano y nos dijo que venía bien el becerro, nos hizo gracia porque el becerro estaba en la pajera tapado con este trillo. Levantó el trillo, .y allí estaba el becerro.
Y siguió:
- Luego…cuando vimos que el becerro que estaba dentro de la vaca asomaba el hocico quisimos que la tierra nos tragara.
- Nada hombre. Nada. ¡DEBERIAIS HABER CONFIADO EN MI PROFESIONALIDAD!
- Perdone usted D. Félix. Dígame cuando le debo.
- Pues mira por la visita, dado que eres igualado. Nada. Pero por el cachondeíto te voy a cobrar solamente 2.000 pesetas.
Dinero que el ganadero le entregó en mano en forma de dos billetes de mil pesetas de aquellos grandes que les llamaban lechugas.
Seguidamente nos invitó a unos huevos fritos y unos trozos de chorizo que frieron en la misma lumbre en la que nos estábamos calentando en medio de las risas por la ocurrencia de mi padre en darles una lección de profesionalidad y bien hacer.
Y con las dos mil pesetas de los años 1966.. Bien calentitos por dentro y por fuera nos metimos en el coche y regresamos a La Horcajada..

No hay comentarios: