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miércoles, 13 de abril de 2011

MI ADMIRACIÓN POR LOS TOREROS.


MI ADMIRACIÓN POR LOS TOREROS.
Por LUIS ALONSO HERNÁNDEZ. Veterinario y escritor.
¡De siempre he admirado a los toreros!, pero ahora, mucho más.
¿Causa? Porque antes les admiraba por su trabajo, tras ver como “resolvían la papeleta” de dominar a un toro díscolo, a base de técnica, conocimientos de comportamiento y exposición. Pues, cuando he tenido la oportunidad de “ponerme delante” (eso sí ante eralas e incluso utreras) pasaba “las de Caín”, si la oponente no respondía a mis requerimientos taurinos, cortándome el terreno,  tratando de “echarme mano” y me sentía impotente de “solucionar la papeleta” en medio de una especie de desazón en mi ánimo.
Yo en esos momentos, podía “mirar para otro lado” dejando que la erala fuera a parar a otras manos de los que “guardaban tapia” para alegrar mí interior cuando veía que no podía tampoco con ella, o “tomar nota” para llevarlo a efecto en una nueva entrada. Pero el torero, a veces ante un Miura y ante una plaza llena que indudablemente lo juzgará, ha de solucionar el problema sobre la marcha sin que nadie le sustituya a no ser que ante la más mínima duda o equivocación vaya al “hule”.
¡Eso es muy fuerte! De ahí mi primera admiración.
Pero ahora les admiro más, porque yo también he sufrido una “pequeña cornada” en forma de extirpación de vesícula biliar y, cómo a pesar de que la intervención fue con cirujía laparoscópica normal (no con una sola incisión en el ombligo como lo realizan  los médicos del hospital madrileño Reina Sofía) con sus cuatro pequeñas incisiones abdominales de escasa agresividad quirúrgica, se complicó ligeramente (a consecuencia del enorme tamaño de la piedra enclavada que no permitía la salida por el trocar de implantación peri-umbilical) al tener que ampliar la incisión y posterior sutura, con lo que se alargó el periodo de recuperación.
Los inconvenientes de un post-operatorio, quizás porque mi lumbral de sufrimiento es muy inferior al de cualquier torero, son inaguantables por aquello de limitarse los movimientos, paralizarse las digestiones, perder el apetito, sentir molestias de todo tipo y tener que estar secuestrado en la cama de una clínica.
Y en estas circunstancias tuve tiempo de pensar en esas cornadas de verdad (comparadas con mi menudencia) sufridas de forma violenta en sitios tan dolorosos como la región anal, testículos, o región abdominal con incluso ruptura de asas intestinales, que requieren enterectomia y por tanto un periodo de recuperación largo y penoso, que estos hombres (hechos de otra materia) superan con la ilusión de volver en medio de una entereza digna de encomio cuando corren el peligro de reiteración al ejercer nuevamente su oficio.
¡Esto es más fuerte aún! De ahí mi admiración rotunda.
Además luchan con el dolor psicológico de no saber como van a quedar, tras la recuperación, para poder seguir con su trabajo que mirándolo bien es más duro que los padecimientos anteriores. 
¡Lo superan todo! y eso es digno de encomio.

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