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miércoles, 10 de diciembre de 2008

¿DONDE ESTÁ EL TERCIO DE QUITES?
Por LUIS ALONSO HERNÁNDEZ. Veterinario y escritor.

Después de haber visto, en esta temporada que se nos fue, a veces en directo y otras veces por televisión, los ciclos taurinos de Sevilla, Madrid, Pamplona, Bilbao, Zaragoza, Málaga y parte de las corridas de los ciclos de El Puerto de Santa María, Jerez, Algeciras, La Línea de la Concepción, San Roque y alguna más de Marbella, Torremolinos, Sanlúcar de Barrameda y naturalmente las dos corridas de Tarifa, hemos echado de menos el tercio de quites por no haberse prodigado.








Antiguamente era esta especie de “entreacto”, incluido dentro de la suerte de varas, uno de los grandes atractivos de la corrida.
¿Por qué? Pues porque en él los matadores actuaban en noble competencia y se podía contrastar, sus estilos. Hoy solo podemos verlo de manera esporádica. Cierto que posiblemente la causa de su casi desaparición sea el que la suerte de varas se ha limitado al "monopuyazo" en la generalidad de los casos (salvo en las plazas de primera donde rige la obligatoriedad de dos) y naturalmente ya no hay competencia en el quite. Ocurre por otro lado que el matador que de entrada ve dificultad en un toro, se limita a llevar éste al caballo del picador en las entradas reglamentarias, sin exponer un alamar en el quite, imposibilitando la actuación de sus compañeros de terna y, en el hipotético caso de que el toro tenga bondad, generalmente piden a toda prisa el cambio de tercio que, la Presidencia, por aquello de no complicarse la vida, concede, con lo que de manera astuta también nos ha hurtado el tercio de quites, salvo en el caso de plaza de primera categoría en que a veces el que viene detrás de él en actuación, ”tenga la osadía” de hacer uso de su derecho y realice su quite.
Esta forma de proceder del “más moderno” puede generar dos consecuencias: que el “dueño del toro” en ese momento, se sienta intimidado y responda con su quite; o que se limite a cabrearse con su compañero de terna por aquello de haber descubierto que el toro era una “babosita toreable”. Indudablemente, en el primer caso el público se contenta al poder ver un contraste de estilo entre dos diestros.
Y cuando el público llega al “éxtasis taurino” es cuando, por aquellas casualidades de la vida, aparece un toro con potencial para tres o más puyazos, pues en este casi hipotético caso (por infrecuente), aparte de ver al picador en la suerte de varas es posible (no seguro) ver un contraste de estilos entre la terna actuante manejando la capa en ejercicio nada fácil.
¿Cómo se podría asegurar la persistencia del tercio de quites? Asegurando tres entradas, como mínimo, del toro al caballo de picar.
¿Qué hacer para lograrlo? Aumentar la casta de los toros, lo cual únicamente es posible haciendo la selección de la tienta con más rigor en la suerte de picar al semental y a las futuras madres, al tiempo que dulcificando el castigo en varas en la plaza de toros quitando agresividad a la puya.
Claro que con todo esto si al final el matador carece de afición pues seguirá tirando por “la calle de en medio” y el aficionado seguiremos quedándonos sin ese tercio de quites para que no podamos recordarlo como momento culminante de una corrida de toros.









Hemos perdido la suerte de los quites, la suerte de varas, la suerte de banderillas, salvo en el caso de que actúe David Fandila “El Fandi”, quedándonos solamente con la faena de muleta como base de la corrida, pues también hemos perdido la SUERTE DE MATAR que justifica todas las anteriores.







Los aficionados hemos perdido “las colonias” como alguien dijo en tiempos pretéritos.

viernes, 5 de diciembre de 2008

LAS CRONICAS TAURINAS DE COMIENZOS DEL SIGLO XX.
Por LUIS ALONSO HERNÁNDEZ. Veterinario y escritor.

Hace un siglo, concretamente en los comienzos del año 1900, lo que se escribía de una corrida de toros, no era como en la actualidad.
Importaba poco la reseña de los toros lidiados, las faenas realizadas e incluso lo acontecido sobre la arena, pues lo que primaba era la crónica de sociedad sustituida en la actualidad por la “crónica rosa”.
Por ello he querido que llegue a ustedes lo que escribió allá por los comienzos del siglo XX Melchor de Almagro San Martín y que tituló: Una corrida de toros en el año 1900.
Domingo. Junio. El sol de oro que refulge sobre un firmamento celeste, finge quimérico capote de paseo en seda azul pálido, bordado de lentejuelas áureas. Huele tenuemente a claveles y rosas, las golondrinas recién llegadas rubrican la tarde con sus caprichosos vuelos. La nerviosa alegría de un día de toros llena de efervescencia las tascas y los cafés, sobre todo el Suizo. La gente ríe y habla a gritos. Sombreros de paja acabados de comprar, ternos claros nuevecitos, corbatas jarifas, cigarros puros que humean, bajo los agresivos bigotazos de moda retorcidos en forma de cornamenta. En los hoteles y casas de huéspedes, donde se albergan los lidiadores, gran trasiego de visitantes. Sobre las carteleras públicas y junto a las taquillas de la calle de la Abada, umbrosa como un patio andaluz, grandes letras rojas anuncian los nombres de Fuentes, Machaquito y Ricardo Torres (Bombita), toros de Murube. El gentío de aficionados se agolpa a las ventanillas donde se despachan las localidades. Los revendedores brujulean en torno con gesto burlón. Sabe que quien quiera obtener un buen sitio habrá de recurrir indefectiblemente a ellos.
Sobre la una se aquieta el oleaje callejero. La gente se va a casa para almorzar.
Hacia las tres vuelve la marea. En los albergues de los toreros comienzan éstos a vestirse los trajes de luces, escena que constituye, sobre todo en los matadores un verdadero rito, para presenciar el cual solo son recibidos ciertos aficionados de ringorrango, amigos íntimos de los diestros.
Yo soy admitido esta tarde, como uno de los privilegiados, en casa de Bombita Chico, a quien ayuda en la tarea de atender a los visitantes el gran chambelán de Ricardo, Álvarez Belluga, hombre gordo y simpático, conocido de todo el mundo.
A las cuatro y media ras con ras, para ir a la plaza taurina, termina el diestro de vestirse. El mozo de estoques le alarga reverentemente la montera que Ricardo encaja sobre la rubia testa. Después se envuelve en el capote de paseo, ciñéndolo bien y se dispone a partir, recibiendo antes de hacerlo, sendos abrazos y apretones de manos de los allí presentes que le desean mucha suerte.
Bombita se encamina al coso en un elegante milord, de cierto rico ganadero, su amigo y en compañía de éste, mientras la cuadrilla se empaqueta en una jardinera tradicional, que tirada por dos jaquillas postineras, enjaezadas a la jerezana, con gran golpe de moños pintorescos y alegres cascabeles, parte rauda, entre restallar de la cocheril fusta, aplausos de algunos entusiastas y griterío de chicos, que se lanzan como flechas tras el vehículo, relumbrante de platas y oros, en la serenidad de la tarde.
Tras la visita a la capilla y oración a la Virgen, que ningún torero deja de hacer con verdadera emoción, se forman las cuadrillas en el patio de caballos, cara al anfiteatro; que verbenea cuajado de impaciente público. Ni una localidad vacía. Arriba en el segundo piso la línea de palcos, donde dan su nota alba mantillas de las señoras aristocráticas. Más abajo, en el círculo inmediatamente inferior, las delanteras de grada, con la flor y nata de las mujeres de tronío, también con atavíos majos. Luego los tendidos, negros de gente, tanto los de sol donde se agrupa la plebe, capaz de aguantar varias horas seguidas los ardores de un sol fundente, por tal de presenciar esta fiesta de sangre y de valor, como los de sombra y por último, junto al ruedo, las delanteras de barrera, con su carga de acendrados inteligentes: Mariano Benlliure, bigote a la borgoña, patillas típicas y un clavel rojo en la solapa; Enrique Núñez de Prado, otros muchos ocios del Casino, la Peña y el Nuevo Club, como los hijos del duque de Granada, Valentín Vílchez y Gerardo Lancara con ancho sombrero cordobés; el duque de Arión y el conde de Heredia Spínola ; la Fornarina , sonrisa de pilluelo en una cara de ángel ; Mariquita Reyes, deliciosa, de fina belleza; Lolita “la ansiosa”; la Pretel, que cosecha tantos laureles en Apolo; las hermanas Izquierdo, hateadas como marquesas.
Un aplauso cerrado saluda la entrada en el palco regio de la Infanta Isabel, quien sobre sus blancos cabellos luce alba mantilla almagreña, sujeta con claveles rosa. Todos los gemelos se clavan en la augusta dama que llega acompañada por su fiel amiga de tantos años la marquesa de Nájera. Viste “la chata”, como cariñosamente la llama el mismo buen pueblo de Madrid que motejaba a Fernando VII, de Narizotas, cara de pastel, un vestido verde cotorra, según dice Valle-Inclán y se alhaja con gruesas perlas.
Otra emoción sacude al público que, curioso y agitado, se vuelve hacia los palcos. Es Gloria que, acompañada de su hermana Blanca, de su madre, la marquesa de Laguna y de su tío el duque de la Roca, acaba de instalarse en el palco de siempre.
La damita aristocrática, tan célebre en Madrid, es a la sazón delgada, pero de bien modeladas formas; graciosa de rostro, ojos brillantes, cuello esbeltísimo y negros cabellos, que en esta tarde se cubren con una magnífica mantilla blanca, de familia.
La música rompe en un alegre pasodoble. Muchos se ponen de pie. ¡Sentarse! ¡Sentarse! – gritan otros - ¡A ver una culaíta!...¡Señora, por Dios, que no me deja ver!...
Empieza el paseo. Los tres maestros al frente. Antonio Fuentes, el más antiguo, a la derecha. El rostro agitanado, el traje rosa y oro, al andar airoso. Luego, Ricardo, con su eterna sonrisa y sus ademanes aseñoritados; por último, Machaquito, pequeño, garboso, con grandes ojos africanos bajo las cejas muy anchas y un gesto de serenidad romana, ¡Tan cordobesa!
Los capotes de paseo desaparecen como por ensalmo. El de Fuentes va a la barrera de Pepito Sabater, el de Machaco al palco de la marquesa del Mérito, esa mujer tan finamente femenina que reúne la gracia andaluza con la elegancia londinense, y el de Bombita surge delante de Gloria, que con ese motivo recibe la primera ovación de la tarde.
Apenas bufa, en medio de la arena, el primer Murube – ojos brillantes, hocico de enorme ratón, cuerna gacha – y Bombita se abre de capa ante él, Gloria, como movida por un resorte, se pone en pie y se abraza a una de las columnas del palco, de cuya posición ya no se mueve en toda la corrida, salvo para aplaudir, cuando llega el caso.
Bombita con su característica mueca de vieja sonriente, se luce por verónicas. La plaza, con esa unanimidad que producen las grandes faenas taurinas, estalla en un ruidoso aplauso, que sube al cielo como una tromba. Luego, todo el tendido 8, el 7 y el 9 se vuelven hacia el lugar donde sigue de pie la chica de Laguna, a la que hace partícipe de la ovación, como partícipe la hace de la pita si el diestro favorito de ella incurre en desgracia.
Fuentes está estatuario y preciso en banderillas. Machaquito se “atraca de toro”, matando; los toros en cambio no responden. Es lo que Eduardo Muñoz dirá mañana en El Imparcial por centésima vez, lo cual no impide que a todos nos parezca muy nuevo, ingenioso y original:
“Según decía Pepe Moros
cuando hay toreros
no hay toros”.

La luz se viene abajo. El sol ha desaparecido del circo. Un vaho rosado fulgura en el horizonte, donde pronto comenzará a guiñar el lucero de la tarde. Las mulillas arrastran al último “morlaco”. Entonces es la avalancha hacia la salida. El taconeo sobre las escaleras de tabla que parecen van a hundirse; los empujones, las prisas para tomar los coches que acampan en la ancha avenida. – Señorito por aquí está el coche. – Señor marqués, allí tiene usted su coche… - ¡Braulio! ¡Braulio! El coche para el señor conde. Ese Demetrio, el golfillo listo y servicial, especie de Monte-Cristo popular que conoce a toda la sociedad que brilla.
Entre la masa de carruajes, casi todos cargados de hermosas mujeres con mantilla blanca; de jardineras enormes, a modo de tranvías sin raíles, tiradas por varios troncos de escuálidas mulas, vehículos que el público toma por asalto, de los picadores, jinetes en esqueléticos jamelgos con su “mono-sabio” de tufos, blusa roja y gorrilla, a la grupa de los carruajes en que los toreros, cansados pero con las facciones distendidas como sus nervios, tornan de la batalla, de la masa de peatones apresurados que por milagros escapan al atropello de la Guardia Civil a caballo, pasando al trote, en un torbellino de polvo, amarillos y plata, de los “Romanones”, con sus sables desnudos; de la música que amenizó el festival, se abre paso, saludado por todo el mundo rendidamente, el milord de la Infanta con la marquesa de Nájera al lado, tal como López mezquita inmortalizara a Doña Isabel y su compañía en el maravilloso cuadro que se conserva dentro del Museo Moderno.
Rodeando al carruaje de la Infanta váse con ella al Retiro el turbión de innumerables coches en visión fugaz de niquelados, charoles, arneses relucientes, redondas grupas de seda, belfos espumarajeantes, crines y ricos atavíos femeninos, mantones de manila, claveles y mantillas entre la gasa dorada de una puesta de sol, que abre la esperanza a otra jornada futura llena de dichas y venturas como la de hoy para estos afortunados mortales.
Nota:
Claro que tampoco hemos de extrañarnos sobremanera, pues hoy en día también algunos críticos taurinos “van a su bola” y parece como si la crónica la llevaran escrita de antemano con algo que se les antoja importante.
¡Más lucimiento de prosa que de información taurina objetiva!

jueves, 4 de diciembre de 2008

LA CORNAMENTA EN EL TORO DE LIDIA.
Por LUIS ALONSO HERNÁNDEZ. Veterinario y escritor.

Los cuernos o astas en el toro son sus elementos defensivos y de ataque, por ello es importante conocer sus características morfológicas no solo para quienes se van a “poner delante”, sino para los que han de "dar el visto bueno" tras sus reconocimientos para la lidia e incluso, para los aficionados quienes veran no solo los defectos de implantación, sino que juzgarán la ofensividad del astado.



Los cuernos son de origen epidérmico. Huecos y de sección circular. Se implantan sobre las clavijas del hueso frontal y se desarrollan a partir de la membrana queratógena o corión constituida a partir de tejido conjuntivo vascularizado.
Aparecen al mes del nacimiento del becerro y crecen aproximadamente a razón de centímetro / mes.
Cuando el bóvido alcanza el año de edad, comienza la descamación superficial del cuerno consistente en el desprendimiento de unas laminillas que dejan un surco en su base. Lo mismo ocurre a los dos años (eral) y a los tres años (novillo).
En este último caso, el surco es más profundo y ya no se borra como en los dos estadios anteriores, denominándose primer rodete permanente.
A los tres años, por contacto del cuerno con lo que le rodea, pierde la funda y aparece con un aspecto brillante.
El proceso continúa con el paso de los años, formando cada año un nuevo anillo o rodete.
Corolario:
Hasta el tercer año: la edad del toro se puede cifrar en “un mes por centímetro de longitud del cuerno”
A partir del tercer año: la edad del toro será: “la de dos años más los anillos o rodetes que existan”.
Es el cuerno el arma del toro y éste arma tiene tres zonas perfectamente diferenciadas:
Base cepa o mazorca: que es la zona unida a la piel.
Pala: es la zona intermedia.
Punta o pitón: es la parte final completamente maciza.

Y este cuerno voy a clasificarlo acorde con una serie de parámetros tales como:

Por el color:











Acaramelados: dotados de un color amarillo oscuro como el caramelo.
Blanco: el color es blanco y la punta negra.
Negro: el color es negro en toda la longitud del cuerno.
Sucio: el color es un sucio indefinido:
Verde: el matiz es un verdoso.

Por el tamaño:

Cornipequeño: el toro con cuernos pequeños.
Bien armado: es el toro con cuernos de longitud media.
Cornalón: es el toro con cuernos muy grandes.

Por la longitud:

Cornicorto: toro con astas cortas.
Cornilargo: toro con astas largas.
Descarado de cuerna: toros con cuernos exageradamente largos.
Tuerto o zurdo: es el toro que tiene un cuerno más corto que el otro.

Por el grosor:










Astifino: toro de astas delgadas y finas.
Astigordo: toro con cuernos gruesos.

Por inserción:


Cornialto: toro con cuernos de inserción muy alta.
Cornigacho: toro con cuernos de inserción baja y caídos.
Cornidelantero: toro con cuernos de inserción adelantada.
Cornitrasero: toro con nacimiento de cuernos más atrás de lo normal.
Bien armado: toro con inserción de los cuernos perfecta.

Por dirección:
Cornilevantado: toro con los cuernos dirigidos hacia arriba, pero no tan levantados como en el corniveleto.
Cornillano: es el toro que tiene los cuernos con apenas vueltas.
Corniveleto: toro al que le nacen los cuernos, rectos e iguales con curvatura poco marcada.

Por relación entre ambos cuernos:

A nivel palas:








Acapachado: toro con las astas algo caídas y abiertas.
Abierto: toro con los toros muy separados entre sí.
Cerrado de pitones: es el mismo brocho.
Abrochado o brocho: toro de cornamenta cerrada.

A nivel de pitones:












Corniapretado: toro con los cuernos juntos por las puntas.
Cornicubeto: toro con cuernos altos, erguidos con las puntas hacia adentro.
Cornibrocho: toro cuyos cuernos están junto por las puntas y caídos.
Cornipaso: toro con los pitones hacia los lados.
Cornivuelto: toro con las puntas de los cuernos vueltas hacia atrás.
Cubeto: toro cuyos pitones están próximos entre sí teniendo dificultad para herir.
Playero: toro con astas muy abiertas y muy separadas creciendo rectas hacia fuera.
Tocado de pitones: toro con los cuernos algo levantados por las puntas.

Por la forma del pitón:









Astillado: toro con uno o los dos cuernos astillados en las puntas.
Escobillado: toro con uno o los cuernos en forma de escobilla.
Despitorrado: toro con uno o dos cuernos rotos pero conservando algo de punta.
Mocho: toro al que le falta uno o ambos cuernos.
Hormigón: toro mogón como consecuencia de haber padecido hormiguillo.
Mal armado: toro dotado de cuernos defectuosos.
Mogón: toro con la punta de uno o de los dos cuernos romas sin que se hayan estropeado como en el astillado o escobillado.

Finalmente una matización: Los toreros temen más a los toros cornicortos y tocados, precisamente esos se ven la punta del pitón, pues según dicen son los más certeros a la hora de cornear.

lunes, 1 de diciembre de 2008

PARTICULARIDADES EN LAS CAPAS DEL TORO DE LIDIA.
Por LUIS ALONSO HERNÁNDEZ. Veterinario y escritor.

He seguido con las particularidades de las capas, debido a que estas en las reseñas del ganado de lidia son más importantes, desde el punto de vista definitorio, que la propia capa.
Se llaman “particularidades” o “accidentales” a las marcas que rompen la continuidad del color de la capa y que afectan bien al conjunto del animal o a una región anatómica determinada.

Particularidades que afectan a la capa en general:


Almarado: Dícese del toro berrendo en el que las manchas, definitorias del berrendo, tienen la forma redonda.
Alunarado: Dícese del toro berrendo o ensabanado que presentan manchas oscuras redondas como si fueran lunares.

Atigrado: Dícese del toro que sobre la capa tiene distribuidas manchas oscuras de forma paralela en sentido perpendicular. (Colorado chorreado en verdugo).



Atizonado: Dícese del toro que presenta sobre una capa más clara, manchas negras como hechas a carboncillo.




Burraco: Dícese del toro negro con manchas blancas localizadas generalmente en el vientre, pero sin llegar a berrendo.
Canoso: Dícese del toro que sobre capa oscura presenta pelos más claros en rodales como si fueran canas.
Carbonero: Dícese del toro que tiene las manchas blancas sucias.

Chorreado: Dícese del toro que dotado de cualquier pinta, presenta líneas verticales y paralelas del lomo al vientre, de su color pero de un tono más oscuro. Cuando las líneas verticales son rojizas sobre fondo negro o muy oscuro se llama chorreado en morcillo. En los demás casos se llama chorreado en verdugo. Esta particularidad no se presenta en los berrendos. Cuando se presenta en los cárdenos, las líneas son oscuras y delgadas.

Entrepelado: Dícese del toro que sobre una capa oscura tiene unos pocos pelos blancos.
Estornino: Dícese del toro que con capa negra presenta unas manchitas pequeñas de otro color.



Girón: Dícese del toro que con capa uniforme presenta una mancha blanca en el ijar.
Meano: Dícese del toro que tiene la región ocupada por los órganos genitales recubierta de pelo blanco y la vulva en la hembra.



Mosqueado: Dícese del toro cuya capa se ve afectada por manchas oscuras o negras distribuidas por cualquier parte del cuerpo recordando moscas que estuvieran posadas sobre el animal. Generalmente se da en capas ensabanadas y berrendas. Manchas de color negro, pues cuando las manchas son de otro color se llama atruchado.

Nevado: Dícese del toro cuya capa oscura se ve salpicada por diminutas manchas blancas semejantes a los copos de nieve.





Rebarbo: Dícese del toro que presenta la cola blanca en toda su extensión o en parte. Si la capa es oscura y la cola es blancuzca se denomina coliblanco.



Remendado: Dícese del toro berrendo cuyas manchas, que contrastan con el blanco, son grandes y recuerdan remiendos que se hubieran hecho sobre la piel del toro.


Romero: Dícese del toro cárdeno claro.
Salpicado: Dícese del toro que sobre cualquier capa oscura, presenta manchas blancas de mayor tamaño que en el nevado.
Tiznado: Dícese del toro que presentan manchas negras, como hechas con carbón.

Particularidades que afectan a la capa de la cabeza:
Capirote: Dícese del toro que dotado de capa clara presenta la cabeza y el cuello de color más oscuro.
Capuchino: Dícese del toro en el que el color de toda la cabeza y el cuello varía del resto del cuerpo y termina en punta sobre la cerviz.
Careto: Dícese del toro que dotado de capa oscura presenta la cabeza blanca.

Alrededor de los ojos:

Llorón: Dícese del toro que tiene una mancha blanca o más clara que el resto de la capa en la parte inferior del ojo a modo de lágrima.


Ojalado: Dícese del toro que tiene un cerco alrededor el ojo, de color distinto y más claro al pelo de la cabeza prolongándose hasta el lagrimal en forma de ojal.
Ojiblanco: Dícese del toro que tiene un área blanca alrededor de los ojos.
Ojinegro: Dícese del toro que tiene un área negra alrededor de los ojos.
Ojo de perdiz: Dícese del toro que tiene alrededor de los ojos una banda concéntrica de color más claro que el resto de la capa.

En el hocico:

Bociblanco: Dícese del toro que tiene el hocico blanco.
Bocidorado: Dícese del toro que tiene el hocico de color rubio o dorado.
Bocinegro: Dícese del toro que tiene el hocico negro.

En la frente y en la cara:
Caribello: Dícese del toro de capa oscura que presenta pelos blancos diseminados, a modo de canas, en la frente y en la cara.
Carinegro: Dícese del toro cuya cara negra o muy oscura contrasta con el negro del resto de la capa.
Caripintado: Dícese del toro que presentan en la cara manchas que no son blancas ni del resto de la capa.







Estrellado: Dícese del toro que tiene una mancha blanca de forma irregular en la frente.
Facado: Dícese del toro que presenta en la cara o en la frente una raya fina de otro color.
Lucero: Dícese del toro que presenta en la frente un lunar blanco y grande de forma triangular.
Zacado: Dícese del toro que presenta una franja transversal por encima de la nariz.

Particularidades de la capa en el cuello:









Coletero: Dícese del toro que tiene una gran mancha blanca a lo largo del pecho, en el “coleto”. Si bien en la actualidad se utiliza para definir a los toros que tienen una mancha blanca en el maslo de la cola.
Gargantillo: Dícese del toro que presenta una mancha blanca en la papada y cuello en forma de collar.

Particularidades de la capa en el tronco:

Achispado: Dícese del toro que en su capa presenta manchas más pequeñas que las del salpicado.
Alagartado: Dícese del toro de pinta equivalente al “chorreado en verdugo”.
Aparejado: Dícese del toro berrendo que tiene un alista blanca muy ancha en el dorso. También se llama “albardado”.
Aldiblanco: Dícese del toro que presenta una mancha grande y blanca en la parte inferior del cuerpo.
Aldinegro: Dícese del toro, castaño o cárdeno, que presenta una mancha grande y negra en la parte inferior del cuerpo.

Anteado: Dícese del toro de capa colorada clara que presenta manchas del mismo color que la capa pero mucho más oscuras.
Axiblanco: Dícese del toro que presenta blanca la región axilar.






Bragado: Dícese del toro de cualquier capa, excepto la de berrendo, que presenta manchas blancas en la bragada, o bien presenta el pelo de esta región más claro.
Cinchado: Dícese del toro cuya capa presenta una raya o lista blanca circundando el tronco bien en el tórax o en el abdomen.
Desteñido: Dícese del toro con la capa dotada de colores pálidos. Lombardo: Dícese del toro de capa negra que presenta la parte media superior del dorso y los lomos de un color claro, generalmente castaño, pardo o tostado.

Particularidades de la capa en las extremidades:

Botinero: Dícese del toro que sobre una capa clara presenta la parte inferior de los remos, negra.
Calcetero: Dícese del toro que dotado de capa oscura tiene las patas con capa más clara o blancas.
Calzado: Dícese del toro con capa berrenda que tiene la parte baja de las extremidades con el color que define al berrendo.
Calzón: Dícese del toro que dotado de capa oscura tiene una o las dos extremidades posteriores blancas hasta por encima del corvejón hasta la nalga.

Particularidades de la capa de la cola:


Coletero: Dícese actualmente del toro que tiene una mancha clara en el maslo.
Coliblanco: Dícese del toro que tiene la punta de la cola blanca.
Rabicano: Dícese del toro de capa oscura que tiene pelos blancos dispersos como si fueran canas a lo largo del maslo.
Rebarbo: Dícese del toro de capa oscura que tiene la punta del borlón de la cola de color blanco, mientras el resto de la cola incluido el maslo es de color oscuro.