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domingo, 30 de noviembre de 2014

DON TANCREDO.

DON TANCREDO.
Por LUIS ALONSO HERNÁNDEZ. Veterinario y escritor.
Lo de que las plazas de toros no se llenan, no es de ahora. Ya en el año de 1900 cómo tampoco se llenaban, apareció un zapatero pluriempleado como albañil y como novillero sin suerte (se quedó en banderillero) que, tras ver en la Habana (Cuba) a “El Orizabeño” que realizaba la suerte del cajón, se vino para acá y tras presentarse como el “Fascinador ilusionista de toros bravos”, comenzó a llenar las plazas anunciándose en los carteles con el nombre de pila que no era otro que Tancredo, debido a sus alardes de valor.
Tancredo López Martín había nacido en el barrio valenciano de El Grao un 29 de junio del año 1862.
Algún periodista de la época llegó a escribir de él: “Es el primer albañil que gana dinero estando parado” y no le faltaba razón porque hasta el año 1931 no apareció el Decreto sobre el primer seguro de desempleo en España con la creación de la Caja Nacional contra el paro forzoso que se encargaría de gestionar las subvenciones del Estado a los sindicatos y asociaciones mutuas que ofreciesen el seguro de paro a sus socios.
Su primera actuación tuvo lugar en una placita que se construyó cerca de Valencia llamada Vaquella un 19 de noviembre del año 1899 con un toro de Flores.
Fue contratado en plazas como Zaragoza, Logroño, Sevilla, Málaga, Bilbao. Pero la fama la alcanzó tras actuar en Madrid.
En los carteles se anuncia Don Tancredo y sus actuaciones en Madrid, a comienzos de año, le catapultaron a la fama y es considerado cómo EL REY DEL VALOR.
D. Tancredo López, tan discutido por su valor temerario en círculos y cafés, hacía presentación en la plaza de la calle de Alcalá el 30 de diciembre del 1900, y eso fue suficiente para que gran número de aficionados y multitud de curiosos ocuparan la totalidad de las localidades de sol y un buen número de las de sombra.
Juan de Invierno cronista de “El Toreo” narró así su primera actuación:
“Limpio el redondel de estorbos, salieron los areneros y colocaron bastante más atrás del centro de la plaza y frente a la puerta de chiqueros el pedestal sobre el que D. Tancredo López había de ejecutar su experimento. El público esperó algunos segundos la aparición del rey del valor.
Saludó al público y se dirigió hacia el tendido 3, donde brindó la suerte o experimento que iba a ejecutar, y allí le entregaron la careta blanca con la que cubrió el rostro, dirigiéndose en seguida al pedestal, sobre el cual se subió tomó la misma posición que otras veces.
Una vez de esta forma colocado, hizo la señal con la cabeza, y el veterano Albarrán descorrió el cerrojo de los chiqueros, dejando en libertad a un toro de D. Víctor Biecinto. El toro salió enterándose dirigiéndose paso a paso hacia el pedestal sobre el que estaba D. Tancredo, y al llegar dio un bufido que resonó en la plaza, que estaba completamente silenciosa.
El bicho se quedó parado, y el público creyó, sin duda, que iba a huir y comenzó a aplaudir. Entonces “Culebrino” principió a olfatear a D. Tancredo, llegando con el hocico hasta su cintura, sin que éste hiciera el menor movimiento, y cuando al astado bruto le cupo en gana, se retiró un poco y dio una acometida, haciendo saltar la cubierta del pedestal, del que derribó a D. Tancredo sin hacerle perder el equilibrio.
El bicho siguió el viaje tras el rey del valor, en ayuda del cual acudieron varios peones, tirando aquél el sombrero y teniendo que trasponer la barrera.
El público en seguida tributó a D. Tancredo una ovación en premio a la serenidad y valentía que demostró al ejecutar su experimento.
En seguida salieron peones y jinetes, y se dio comienzo a torear a este bicho en lidia ordinaria.
VUELTA AL RUEDO.
Antes de que saliera el toro cuarto, ya las localidades de la plaza se habían ocupado por completo, y esto era porque allí comenzaba la parte sensacional de la corrida.
Los areneros sacaron el pedestal y lo colocaron en el centro de la plaza. D. Tancredo tanteó el pedestal y en seguida se subió a él, cruzándose de brazos y ordenando con la cabeza que se diera suelta al de Trespalacios.
La plaza quedó en aquel instante tan silenciosa como un cementerio. Acto seguido Albarrán abrió el portón de los chiqueros, dejando libre el paso a Sacristán, que estaba marcado con el número 14. Era este toro de pelo jabonero sucio y cortito y apretado de herramientas. Salió revolviéndose a los chiqueros, y después, paso a paso, llegó hasta D. Tancredo, al que olió y hociqueó hasta la cintura por el lado derecho, sin que éste hiciera el menor movimiento. En seguida el bicho dio una vuelta, colocándose a la espalda de D. Tancredo, y un individuo no pudo contenerse y empezó a aplaudir, imitándole la concurrencia; entonces el bicho, ante aquel ruido, acometió a lo que tenía delante, pero D. Tancredo, conocedor de lo que podía pasar, y una vez hecho su experimento, abandonó el pedestal, saliendo corriendo y tras él el toro, viéndose apurado para tomar las tablas del 7. Los peones salieron en seguida al redondel, y con sus capotes lograron distraer al animal, mientras D. Tancredo era objeto de una prolongada ovación, que duró más de dos minutos, teniendo que dar la vuelta al redondel.
Cómo se trataba de una suerte arriesgada fue prohibida en el año 1809 por el Ministro de la Gobernación Juan de la Cierva.

D. Tancredo tuvo imitadores tales como María Alcaraz “Dª Tancreda” y “El tió Carrasquiña” quien esperaba al toro tumbado en el suelo de la plaza cubierto de musgo y salía corriendo cuando el toro se disponía a dar un bocado al verde.

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