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sábado, 4 de enero de 2014

LOS BOLETOS DE LOS TOROS.



LOS BOLETOS DE LOS TOROS.

Por LUIS ALONSO HERNÁNDEZ. Veterinario y escritor.

Las entradas de los toros de siempre fueron artísticas. Representaban escenas de los distintos lances de la lidia. Desde la salida del toro de chiqueros, pasando por la irrupción en el ruedo, su comportamiento  en distintos tercios ante los lidiadores a pie o a caballo hasta su muerte y posterior arrastre.

 






 









 









 









 







 









 









 









 









 
 









 








 








 
Se solía  plasmar en las entradas del día, un cuadro taurino de famosos pintores taurinos junto  a un texto de un artículo del Reglamento taurino que generalmente era el 60 por ser el que prohibía pasar a la localidad o abandonarla durante la lidia de cada toro.

Actualmente se ha cambiado lo artístico por lo funcional al convertir el arte de los toros en negocio. El cuadro artístico ha dado paso al logotipo  de autenticidad para evitar la falsificación del boleto.

Las entradas de los toros tienen su historia que no es otra que:

“Aunque no muy aclarada, parece ser que en un principio, cuando las corridas de toros se celebraban en las plazas mayores de las ciudades (acondicionadas para tal fin), para presenciar el espectáculo, había de pagarse a la entrada con las monedas de entonces (reales de vellón) que con el precio justo se iban depositando en las bolsas que en - cada puerta de entrada – portaban los cobradores.

Al construirse las plazas de toros estables, ante la necesidad de reserva de determinadas localidades - destinadas a ser ocupadas por las autoridades -, y al establecerse diferencias de situación y comodidad, surgieron los diferentes precios.

Mientras las localidades sin numerar se iban pagando como siempre, las de abono (que en aquel entonces eran las numeradas) que comprendían los llamados balcones, cajones y tarimón, al acceder a ellas  desde fuera de la plaza, se hacía imprescindible la presentación a los porteros, de unos boletines que, previamente, se habían comprado en los sitios designados al efecto.

Así era como se hacía en la plaza de Sevilla en el año 1838. Y así debía ser también en Madrid, hasta que José Bonaparte hubo de cambiar la normativa  con la finalidad de dar las máximas facilidades al público (para que asistiera a las corridas) que había perdido la costumbre de asistir debido a las prohibiciones  a que había sido objeto la fiesta de los toros  en los años 1804 y 1805. Se retorna a lo antiguo en cuanto a la manera de entrar en la plaza, decir, pagando en el momento, con los reales de vellón que depositarán en las bolsas.

En el año 1836, Francisco Montes en su Tauromaquia, preconiza la numeración de las localidades tratando de conseguir una ocupación racionalizada de la plaza y evitar los inconvenientes de las aglomeraciones que, lógicamente, traerían rencillas con repercusiones en la alteración de orden público.

Y llegamos al año 1840 en el que desaparecen los cobradores de la plaza de toros de Madrid, porque varios empresarios  de la capital establecieron los billetes que se vendían en las calles Carreteras y Alcalá  en unos despachos acondicionados al efecto.

Al principio eran muy sencillos: formato rectangular, con tamaño de 5 X 4 centímetros e iban pegados a un cartón que en el dorso tenía unas contraseñas para evitar falsificaciones. En el año 1850, fueron sustituidos por otros entalonados, cuya parte talonada quedaba en la caja que portaban los porteros  de la plaza, con fines de control.

Luego ha ido progresando, como todo, la confección del billetaje de la mano de Regino Velasco, impresor que murió en el callejón de la plaza de toros de Madrid al ser corneado por un toro que saltó la barrera. Y no estamos muy lejos de que se implante el billetaje con cinta magnética para control recaudatorio y evitar falsificaciones.

Para más detalles pueden entrar en mi libro: “Incursión por el mundo de los toros” Editado por Quirón Ediciones en 1997.

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